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    June 08

    Me debes un café

     
    Arrugué la hoja del periódico con fuerza. La apreté con el puño, dejé caer la cucharilla del café en el plato, tragué saliva y abri la mano, miré el papel en forma de bola, no me atreví a abrirlo de nuevo y lo tiré al suelo. Cogí el movil, busqué su nombre: Pablo. Lo lei tres veces antes de apretar la tecla de “Borrar”.

     
    Iba a llamarle. Guardé su teléfono aquel dia para volver a charlar con él, le debia un café.

     
    No sé si alguna vez creyó que iba a llamarle para tomar ese café. Yo tampoco sabia si algún dia le llamaria.

     
    Nuestra historia habia estado llena de desaprobaciones por parte de mis padres.
    La primera y principal era porque Pablo tocaba en un grupo de Rock y según ellos estaba vinculado con las drogas.“Ese chico anda por mal camino” -me replicaban. Siempre hacian la misma afirmación aunque nunca supieron en realidad si él andaba por ese lado oscuro.
    Tampoco nunca se preguntaron lo que queria su hija, no me preguntaron nada a mi, con dieciseis años seguian decidiendo por mí.
    Su niña debia dedicarse a estudiar y no andar con gente que pudiera desbaratar sus planes. La relación la mantuvimos dos años, escondiéndonos. Nos divertia infringir las normas, salir a escondidas por las noches, temiendo que algún dia nos pillasen. Hasta que llegó el dia en que mi padre se enteró de que seguia con él y se dedicó a vigilarme todas las noches, pendiente de que no volviera a salir con aquel tipo.
    Le volví a ver un par de veces más, me pidió que volviera con él, pero ya me habia dado cuenta de la clase de vida que llevaba y de que no me convenia. Esas eran mis razones, que nunca le llegué a plantear.

     
    Iba a llamarle. Dije que le llamaria pero no lo hice.

     
    Le reconocí por detrás.
    Con sus andares pausados, el pelo revuelto, su cazadora negra de piel y sus zapatillas Converse rojas, seguia pareciendo el mismo adolescente de hacia quince años, cuando venia a recogerme por las tardes a la salida de la universidad, con la guitarra colgada del hombro.

     
    Y era una tarde cuando le ví. Una tarde gris. Una tarde en que la lluvia iba haciendo su aparición en forma de gotas.
    -¡Pablo! -pensé al verle.
    Paré y dudé si debia llamarle.
    -Sí. -dije en voz alta.
    -¡Pablo! -grité.
    Corrí detrás de él.
    -¡Pablo! -repetí.
    Lentamente se giró. En ese instante me quedé ahi parada, esperando que reaccionase. Sonriéndole.
    Con las manos en los bolsillos se fue acercando a mi.
    -¡Hola! ¿No me reconoces? -le dije.
    -¡Sofia! - por fin me reconoció. Su sonrisa se quedó anclada unos instantes al tiempo que intentaba reaccionar.
    -Estás, estás... estás increible. Guapisima.
    -Gracias.
    -Te veo muy bien.
    -¿Qué es de tu vida? -me preguntó sin sacar sus manos de los bolsillos.
    -Iba al banco ahora mismo, a hacer un recado para la oficina.
    -¿Y tú?
    -Madre mia... yo... no te esperaba. ¿Te apetece ir a tomar un café?
    -Pues... no sé, es que ahora mismo estoy en horario de trabajo.
    -Ya, claro. Podemos quedar otro dia, que después de quince años han pasado muchas cosas.
    -Sí, aunque no creo que a mi marido le haga mucha ilusión que quede con un ex-novio.
    Pablo soltó una carcajada.
    -¿Y te casaste?
    -Sí, hace ya diez años y tengo dos hijos.
    -¡Enhorabuena! Ya has pasado un tramo por el que todavia no he llegado.
    Yo tengo pareja y tenemos ganas de dar ese paso, deberia darlo supongo. Tengo casi cuarenta años y todavia sigo teniéndole miedo a la palabra “compromiso”
    -Siempre tuviste miedo a las cosas que suponian una responsabilidad.
    -Lo sé.
    Sonreimos los dos y nos miramos en silencio.
    Pablo levantó la mirada al cielo, y se revolvió el pelo mientras se iba mojando con las gotas que seguian cayendo, cada vez más espesas.
    Bajó la cabeza y me miró con las pestañas mojadas. Me sonrió, nunca antes le habia visto sonreir tanto en tan breve espacio de tiempo.
    -Me alegro de verte.
    -Yo también.
    -Y que estés bien.
    Ya sabes, si te apetece un café, puedes llamarme. -sacó del bolsillo un trozo de papel y apuntó su número.
    Me lo tendió, mirándome a los ojos. -Cuando quieras -me dijo. Al tiempo que me lo tendia, rozó sus dedos con los mios. Aparté la mirada, lo cogí y guardé el trozo de papel en mi bolso.
    Cuando levanté la cabeza su cara estaba a dos palmos de la mia.
    -Que te vaya muy bien. -me dijo- y me besó en la mejilla.
    -Igualmente -contesté, tragué saliva y me acerqué también para darle un beso.
    Avancé y me topé de nuevo con su cuerpo, sonreimos de nuevo. -Voy hacia allí -indiqué.
    -En ese bar -me señaló- me encontrarás todas las mañanas. -Me debes un café.
    Sonreí sin darle ninguna respuesta.
    Salimos cada uno por el lado contrario.
    -Parece que ya no llueve -le oí gritar. Me giré y le vi moviendo la mano despidiéndose.
    Levanté también la mia. -Adiós Pablo -

     
    Dije que le llamaria pero no lo hice. Me presenté en el bar donde me dijo tres meses después, con el periódico en la mano. La noticia habia saltado esa misma mañana.
    “Esta madrugada se encontró el cuerpo sin vida del guitarrista y cantante Pablo Arroyo, victima de una sobredosis...”
    “Deja como tema póstumo una canción supuestamente dedicada a una ex-novia con la que se reencontró hace unos meses..”

     
    Volví a coger la cucharilla del café, removí. Me lleve la taza a los labios y me lo tomé de un sorbo. Me agaché para recoger la bola de papel del suelo. Cogí el mechero y le prendí fuego, mientras observaba como se iba quemando, noté como me resbalaban las lágrimas por las mejillas.

     

    Comments (3)

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    pablowrote:
    precioso magda.Una historia y una narracion increible.
    June 16
    erikawrote:
    ¡Precioso! Muy triste pero muy bonito. Gracias por ponerlo.
    June 11
    Ays que bonito...GRACIAS MAGDA!
    June 9

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