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    09 marzo

    El sacerdote

    Las campanas del reloj de la iglesia sonaron ocho veces, lentamente, cada toque resplandecia en toda la plaza, vibrante como si el mundo entero estuviese oyendo su triste repicar.

    La última campanada coincidió con el portazo del joven sacerdote que salía con paso firme y decidido de la parroquia, agarrado a una maleta negra ligeramente desgastada.

    Casi corriendo cruzó la plazoleta y pasó justo al lado de la fuente que presidia el lugar. Se detuvo, bebió bajo el grifo oxidado y se secó la boca con la manga de la sotana. Prosiguió su marcha. Un momento antes de abandonar la plaza que rodeaba la iglesia paró sus pasos en seco y giró sobre sus talones, alzó los ojos y observó por segundos la fachada principal, cerró los ojos un segundo y los abrió de nuevo.

    Se volvíó de nuevo hacia el frente, siguió caminando a paso rápido balanceando su maleta mientras los últimos rayos del sol se escondian detrás de las montañas arropados por un cielo rosáceo y empedrado.

    Caminó en soledad. Los árboles habian perdido la mayoria de sus hojas que yacian en el suelo, varios manojos de paja estaban quietos en los campos, sólo podia oirse a lo lejos el repicar de las campanillas de los cencerros, el dia iba haciendo mella, la luz se iba apagando lentamente.

    Cuando llegó al principio de aquel sendero polvoriento se detuvo. Una enorme casa se alzaba al final del camino. Dejó la maleta sobre el polvo y con las dos manos se adelantó el ala del sombrero hacia la frente como si intentase esconder algo. Se agachó y cogió de nuevo sus pertenencias, arrancó de nuevo sus pasos, su mirada ensombrecida se topó con las de un búho que no hizo ruido alguno.

    Sus largas pisadas alzaban una polvareda a su alrededor; pronto, los bajos de la sotana se verian pintados de gris, las puntas de sus zapatos estaban ya totalmente cubiertas por el polvo cuando llegó a la puerta del caserón.

    Habia luz en una de las habitaciones, una cortina blanca casi transparente dejaba ver a una mujer dentro. Estaba de pie frente a una mesa cortando patatas que ponia en un recipiente. El sacerdote se acercó a la ventana y tocó con suavidad en el cristal.

    -Lucia -murmuró el sacerdote.

    Los ojos de la muchacha se toparon enseguida con los de él, sonrió timidamente y desapareció de entre los claros.

    Asomó su cara por la puerta de detrás y le llamó:

    -Venga por aqui -le susurró haciendo señas con las manos.

    El sacerdote acudió sin más demora y entró.

    -Buenas noches -dijo - Se puso la mano derecha sobre el sombrero, lo alzó y lo llevó a su espalda.

    La joven mujer sonrió de nuevo, tenia los ojos muy claros, el pelo largo y rubio y el rostro muy aniñado.

    -¿Se va a quedar a cenar? -preguntó ella al coger de nuevo el cuchillo.

    -Si me invita lo haré con mucho gusto -dijo él.- Se quitó el abrigo que colgó en un perchero de pie y sacudió el polvo de su sotana.

    Se sentó en un balancín frente al fuego de la chimenea que chisporroteaba con fuerza y acercó sus manos y su cara hacia él, la cual se vió enrojecida enseguida, se apartó y se balanceó varias veces con nerviosismo mientras seguia con su mirada perdida entre las llamas.

    -¿Cuánto tiempo estará fuera su marido? -preguntó él. -Sé que me lo dijo en el mercado el jueves pasado pero no lo recuerdo.

    -Dos semanas -contestó.

    El sacerdote paró el balanceó y se levantó.

    -No voy a volver a la parroquia. -afirmó.

    Lucia paró de cortar por un momento, después siguió con la faena mientras el sacerdote continuaba hablando:

    -Me han destinado a la capital. No sé si volveré. -explicó mientras andaba hacia ella.

    -¿Se marcha? -exclamó sorprendida.

    Él asintió con la cabeza. -No queria irme sin despedirme, Lucia -anunció su nombre como si lo leyera en mayúsculas en algún capitulo de la biblia.

    -Te he echado mucho de menos -dijo cambiando su distintivo al llegar hasta donde se encontraba ella.

    Los brazos del joven la cogieron de la cintura y la besó con suavidad en la mejilla. La muchacha dejó el cuchillo sobre la mesa y sus labios se toparon con los suyos fugazmente.

    -Hace tanto tiempo que lo deseaba, han pasado casi seis meses desde la última vez que estuvimos juntos -dijo el joven sacerdote apretando más hacia él el cuerpo de la muchacha. Ella se giró y le besó de nuevo, esta vez con más pasión.

    -Sé que no puedo decir nada para que no se vaya, ni tampoco puedo hacer nada.

    Abrazó al sacerdote, las lágrimas corrian furiosas por sus mejillas. Se zafó de él y corrió a cerrar el pestillo de la puerta principal. Encendió la luz de la habitación matrimonial y volvió a buscarle. Le tomó la mano, lo condujo al cuarto, corrió las cortinas y deshizo la cama.

    Sus miradas se entrecruzaban entre abrazos y besos apasionados, al compás que dejaban caer su ropa en el suelo húmedo. Una cruz presidia la habitación. Fuera ya habia caido la profunda oscuridad.


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