Mª Magdalena 的个人资料In my place照片日志列表更多 工具 帮助

日志


3月20日

Dulces Secretos...

Palma de Mallorca. 15 de Marzo de 2008.
Sala Assaig. Los Secretos en Concierto.


Con media hora de retraso salieron al escenario: Álvaro Urquijo, Ramón Arroyo y Jesús Redondo para entonarnos la noche con “Ojos de gata”, “Y no amanece” y “ Pero a tu lado” que el público coreó a voz en grito: el sol de medianoche entró por la ventana... cantábamos. La noche prometia.

Seguidamente, para acompañar a los más antiguos de la banda se sumaron Juanjo Ramos al bajo y Santi Fernández a la bateria.

Era sólo el principio de un intenso concierto a la vez que un poco corto. Una hora y treinta minutos nos acompañaros los secretos, una hora y treinta minutos, tal vez un poco más sin llegar a las dos horas, nos acariciaron los sentidos con algunos de los temas más dulces de su carrera.

Se echaron en falta muchos, sobretodo de sus últimos trabajos, pero ya se sabe que cuando un artista tiene en su repertorio más de cien canciones es imposible que sean del gusto de todos. No faltaron los míticos: “Déjame”, “Sobre un vidrio mojado”, “No me imagino”, “Por el bulevar de los sueños rotos”, “Amiga mala suerte”, “Quiero beber hasta perder el control” y un sinfín más.

Con un directo brillante, un sonido espectacular, una fuerza que en pocas bandas se puede percibir, la noche trascurrió entre bromas de los integrantes, canciones inolvidables y las fotos que iban pasando en las dos pantallas gigantes que habia en cada lado del escenario; recordando a todos los componentes de la banda que habian pasado a dejar su granito de arena en un grupo que este año ha cumplido treinta años.

Treinta años marcados sobretodo por una ausencia, una ausencia irreemplazable: la de Enrique Urquijo. Un vacío que jamás podrá llenarse, pero que Álvaro muy dignamente se encarga de mantener, de revivir el alma de Enrique en cada concierto.

En cualquier concierto se puede respirar ese ambiente, ese recuerdo. Y aunque Álvaro no nombre a su hermano en cada uno de sus conciertos, él sabe y su público lo sabemos que cada uno de sus conciertos están dedicados enteramente a él, a su recuerdo, a su figura. Un homenaje perpetuo, un homenaje digno de admiración hacia Álvaro y también hacia el resto del grupo que le acompaña.

Si tuviera que destacar algo del concierto me seria imposible quedarme con un momento, porque cada minuto estaba lleno de sentimiento, de una salud musical impecable, de unos músicos excelentes, que en cada tema demuestran su profesionalidad.

Una noche inolvidable, teniendo también en cuenta el final. Estuvimos esperando a la banda a la salida, salieron todos en la furgoneta y Álvaro tuvo el detallazo de bajarse para darnos unos besos y concedernos unos minutos que para mí fueron muy agradecidos. Comprobé, aunque ya me lo habian contado, la sencillez con que trata a su público, su buena educación... agradecí enormemente que Álvaro me concediera una firma, una sonrisa, una pose para una foto.... además de ser unos músicos excelentes, son mejores personas. Gracias mil por esos minutos Álvaro, gracias mil por el concierto... una y mil veces....


GRACIAS SECRETOS....

3月13日

A sangre fria

Basado en la novela del mismo titulo de Truman Capote

El ruido del motor de aquel viejo chevrolet me producia ansiedad. Llevabamos varias horas en carretera y tenia el estruendoso motor metido en la cabeza. Ni la radio portátil que utilizabamos para pasar mejor las horas servia para olvidarme de aquel ruido, además aquella radio también se oia mal y solo ponian antiguas canciones que se repetian una y otra vez.

Pasamos más de la mitad del viaje en silencio mi compañero Dick y yo. No habia demasiado qué hablar, el plan lo llevabamos pensado de antes de salir hacia aquel pueblecito campero: Holcolm.Un extraño nombre para un simple pueblo.

Conocia a Dick de la cárcel, parecia un tipo de fiar, aunque en esos sitios no hay demasiada gente con la que confiar desde el primer momento confié en él, me dejé llevar por la primera impresión y por eso le elegí a él para llevar a cabo mi plan.

Me habian hablado de la familia Clutter durante mi estancia en la prisión. Eran reconocidos en su barrio por su situación familiar y economica, pero lo más y único importante era el contenido de su caja fuerte, mi única fijación era poder hacerme con aquel botín.

Después de varias horas conduciendo sin parar decidimos parar en frente de un hospital católico. Dick insistia en comprar unas medias negras para cubrirnos el rostro para el golpe, para que nadie pudiera reconocernos y todo saliera a la perfección. Yo insistí en que no hacia falta, además las monjas no me caian bien, me producian escalofrios pero finalmente paré cansado de oir a Dick protestar y salió a por las malditas medias. Un hombre pidiendo unas medias a unas monjas me parecia algo que nos podria señalar como sospechosos pero lo hizo igualmente, tal vez las monjas no tenian esa clase de pensamientos.

Fumaba como un cosaco un cigarrillo detrás de otro mientras le esperaba. Miraba de un lado hacia otro, vigilando, continuamente daba caladas a los cigarillos, golpeaba con mi mano libre el volante y esperaba a que de una vez Dick regresara, teniamos todavia camino por recorrer hasta llegar a casa de los Clutter.

Le vi salir sin nada en las manos, con la expresión muy seria, abrió la puerta del coche, se giró a sus espaldas por si alguien le seguia y cerró la puerta tras de sí.

-¿Dónde están las medias? -pregunté mientras apagaba el último cigarrillo en el cenicero del coche.

-No hay medias.

-Claro, si es que ya lo decia yo. Las monjas no tienen medias para vender.

Arranqué de nuevo el coche sin esperar más explicaciones. Nuestra siguiente parada fue en un motel de carretera, paramos para comer algo.

Una mujer se nos acercó para preguntarnos qué queriamos y pedimos dos menús sin siquiera saber lo que nos iban a traer. Cualquier cosa iba bien para llenar el estómago. Eché un vistazo a la televisión que colgaba de un rincón del bar, estaba silenciada, se veian las noticias. Dick seguia en silencio, con la mirada baja.

-¿Todavia no llega la comida? -dijo mirando hacia la barra, buscando a la camarera.

-No hay prisa Dick, tenemos tiempo.

-Quiero comer. ¡Camarera! -gritó mientras levantaba su mano derecha.

La mujer miró hacia nuestra mesa y no dijo nada, solo pareció murmurar algo a su compañero.

-¿Te quieres tranquilizar?

Dick volvió a bajar la cabeza.

-¿Llevas la pistola? -me preguntó con la voz muy baja.

-¿Pero qué te ocurre Dick? Claro que la llevo. -dije al palpar mi costado izquierdo.

-No sé, Perry.

-No me jodas ahora, todo está controlado, no te preocupes por nada.

-¿Estamos seguros de todo? ¿Ya lo tenemos todo?

-Sí, todo bajo control. Solo nos queda esperar unas horas y estaremos allí.

La camarera por fin llegó con los dos platos y los posó delante de cada uno de nosotros. En menos de cinco minutos habiamos terminado, dejé un billete de veinte dólares encima de la mesa y nos largamos.

-¿Y ahora qué? -preguntó Dick mientras encendia la radio y sintonizaba un nuevo canal.

-Vamos a dormir un rato -dije al momento que buscaba en uno de mis bolsillos del pantalón un mechero. Encendí el cigarrillo y me acomodé en el asiento trasero.

Escuché como Dick jugaba con las sintonias de la radio y las iba cambiando a medida que no le gustaban las canciones, quise decirle que parase de hacer eso, que queria dormir un rato pero dejé que se entretuviera, yo me dormí de todos modos.

Cuando desperté, Dick estaba fuera del coche, no se oia la radio, estaba apagada. Me levanté y me puse frente al volante.

Bajé la ventanilla.

-¡Dick! - Él se giró y andó hacia el coche.

-¿Que? -dijo al llegar mientras apoyaba los brazos en la ventanilla del coche

-Entra, ya nos vamos. -dije con un gesto con la cabeza señalando su asiento.

Dick abrió la puerta y entró. Busqué las llaves y las puse en el contacto. Otra vez aquel ruido. Maldito chevrolet, la ansiedad de nuevo. Esta vez no encendimos la radio, hacia un bonito dia de noviembre, el sol nos daba en la cara y eso amainaba mi ansiedad,


 
 
 
 
3月9日

El sacerdote

Las campanas del reloj de la iglesia sonaron ocho veces, lentamente, cada toque resplandecia en toda la plaza, vibrante como si el mundo entero estuviese oyendo su triste repicar.

La última campanada coincidió con el portazo del joven sacerdote que salía con paso firme y decidido de la parroquia, agarrado a una maleta negra ligeramente desgastada.

Casi corriendo cruzó la plazoleta y pasó justo al lado de la fuente que presidia el lugar. Se detuvo, bebió bajo el grifo oxidado y se secó la boca con la manga de la sotana. Prosiguió su marcha. Un momento antes de abandonar la plaza que rodeaba la iglesia paró sus pasos en seco y giró sobre sus talones, alzó los ojos y observó por segundos la fachada principal, cerró los ojos un segundo y los abrió de nuevo.

Se volvíó de nuevo hacia el frente, siguió caminando a paso rápido balanceando su maleta mientras los últimos rayos del sol se escondian detrás de las montañas arropados por un cielo rosáceo y empedrado.

Caminó en soledad. Los árboles habian perdido la mayoria de sus hojas que yacian en el suelo, varios manojos de paja estaban quietos en los campos, sólo podia oirse a lo lejos el repicar de las campanillas de los cencerros, el dia iba haciendo mella, la luz se iba apagando lentamente.

Cuando llegó al principio de aquel sendero polvoriento se detuvo. Una enorme casa se alzaba al final del camino. Dejó la maleta sobre el polvo y con las dos manos se adelantó el ala del sombrero hacia la frente como si intentase esconder algo. Se agachó y cogió de nuevo sus pertenencias, arrancó de nuevo sus pasos, su mirada ensombrecida se topó con las de un búho que no hizo ruido alguno.

Sus largas pisadas alzaban una polvareda a su alrededor; pronto, los bajos de la sotana se verian pintados de gris, las puntas de sus zapatos estaban ya totalmente cubiertas por el polvo cuando llegó a la puerta del caserón.

Habia luz en una de las habitaciones, una cortina blanca casi transparente dejaba ver a una mujer dentro. Estaba de pie frente a una mesa cortando patatas que ponia en un recipiente. El sacerdote se acercó a la ventana y tocó con suavidad en el cristal.

-Lucia -murmuró el sacerdote.

Los ojos de la muchacha se toparon enseguida con los de él, sonrió timidamente y desapareció de entre los claros.

Asomó su cara por la puerta de detrás y le llamó:

-Venga por aqui -le susurró haciendo señas con las manos.

El sacerdote acudió sin más demora y entró.

-Buenas noches -dijo - Se puso la mano derecha sobre el sombrero, lo alzó y lo llevó a su espalda.

La joven mujer sonrió de nuevo, tenia los ojos muy claros, el pelo largo y rubio y el rostro muy aniñado.

-¿Se va a quedar a cenar? -preguntó ella al coger de nuevo el cuchillo.

-Si me invita lo haré con mucho gusto -dijo él.- Se quitó el abrigo que colgó en un perchero de pie y sacudió el polvo de su sotana.

Se sentó en un balancín frente al fuego de la chimenea que chisporroteaba con fuerza y acercó sus manos y su cara hacia él, la cual se vió enrojecida enseguida, se apartó y se balanceó varias veces con nerviosismo mientras seguia con su mirada perdida entre las llamas.

-¿Cuánto tiempo estará fuera su marido? -preguntó él. -Sé que me lo dijo en el mercado el jueves pasado pero no lo recuerdo.

-Dos semanas -contestó.

El sacerdote paró el balanceó y se levantó.

-No voy a volver a la parroquia. -afirmó.

Lucia paró de cortar por un momento, después siguió con la faena mientras el sacerdote continuaba hablando:

-Me han destinado a la capital. No sé si volveré. -explicó mientras andaba hacia ella.

-¿Se marcha? -exclamó sorprendida.

Él asintió con la cabeza. -No queria irme sin despedirme, Lucia -anunció su nombre como si lo leyera en mayúsculas en algún capitulo de la biblia.

-Te he echado mucho de menos -dijo cambiando su distintivo al llegar hasta donde se encontraba ella.

Los brazos del joven la cogieron de la cintura y la besó con suavidad en la mejilla. La muchacha dejó el cuchillo sobre la mesa y sus labios se toparon con los suyos fugazmente.

-Hace tanto tiempo que lo deseaba, han pasado casi seis meses desde la última vez que estuvimos juntos -dijo el joven sacerdote apretando más hacia él el cuerpo de la muchacha. Ella se giró y le besó de nuevo, esta vez con más pasión.

-Sé que no puedo decir nada para que no se vaya, ni tampoco puedo hacer nada.

Abrazó al sacerdote, las lágrimas corrian furiosas por sus mejillas. Se zafó de él y corrió a cerrar el pestillo de la puerta principal. Encendió la luz de la habitación matrimonial y volvió a buscarle. Le tomó la mano, lo condujo al cuarto, corrió las cortinas y deshizo la cama.

Sus miradas se entrecruzaban entre abrazos y besos apasionados, al compás que dejaban caer su ropa en el suelo húmedo. Una cruz presidia la habitación. Fuera ya habia caido la profunda oscuridad.