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11月17日 17 de noviembre de 2008Triste y lluvioso noviembre. Triste y maldito diecisiete. Triste y miserable noche, que rompiste sueños y nos robaste un alma. Nueve años, digo, nueve años. Ya pasaron nueve largos años de aquel dia que amaneció por última vez para Enrique y aún parece que fue ayer. Aquí seguimos, aquí siguen, tus canciones siguen sonando noche tras noche. Suenan tristes, como siempre, pero suenan. Y recuerdan a que de alguna manera sigues aquí. Tu alma no desapareció aquel diecisiete, eso creia la noche que creyó arrebatarnos una vida, pero era mentira y eso ya lo sabias. 11月8日 La llamadaAbrió la puerta de la celda con fuerza, casi arrancándola. -¡Salga! -me ordenó un policia correctamente uniformado, alto y corpulento. Fijé por unos instantes mi vista en su pistola perfectamente enfundada en su cinto. -¡Rápido! -dijo devolviéndome de nuevo a la realidad. Alargó un brazo y me sacó con fuerza de las rejas. -No tenemos mucho tiempo. -dijo. Al mismo instante oí el tintineo de unas llaves, noté como cogia mis dos muñecas y las unia a las esposas. Miré al suelo mientras terminaba de sujetarme, y pensé en contar el número de baldosas que habia hasta la habitación donde iban a dejarme durante unos minutos. -¡Acompáñeme! -me ordenó de nuevo. Sin quitar la vista del suelo, aquel hombre me arrastró por aquel largo pasillo de celdas. Empecé a contar las baldosas, en ese instanté intenté recordar el número exacto de baldosas que habia en mi casa. Una vez las conté, pero no recuerdo cuántas habia -pensaba.- Entonces me desconté. Cruzamos muy deprisa el pasadizo hasta llegar a una sala de no más de diez metros cuadrados. Me empujó a su interior y cerró la puerta. Sacó de nuevo las llaves del bolsillo derecho de su pantalón y me quitó las esposas. Me quedé de pie, esperando una nueva orden. -Puede sentarse. Una mesa y una silla eran los únicos enseres de la habitación. Encima de la mesa pude observar un teléfono color rojo, un bloc de notas y un boligrafo que reposaba encima de él. -Puede realizar una sola llamada. -¿Dejará que me lleve unas hojas de ese bloc? El policia me miró muy serio. -No -contestó. -He dicho que puede realizar una llamada. Tiene tres minutos. Puse la mano sobre el teléfono y lo descolgué lentamente. Me encantó el color rojo del aparato. Recordé que habia visto uno igual en algún otro lado. Rojo, el color de la pasión, el color de la sangre. Marqué las nueve cifras del número, el único que recordaba. No tenia ninguna agenda, pero seguia recordando ese teléfono que habia marcado tantas veces durante los últimos años. Miré al policia que me esperaba sentado en un rincón con impaciencia, moviendo nerviosamente las llaves que abrian y cerraban mis esposas. Mientras, escuchaba atentamente el número de tonos que iban pasando hasta que alguien me contestó. -¿Cariño? -dije al reconocer la voz de mi mujer. En aquel instante ella enmudeció. -¿Cielo? -repetí. -Soy yo. -Hola -dijo ella con voz queda. -¿Cómo estás? Volvió el silencio. -¿No te alegras de oirme? Tengo buenas noticias. -¿Desde donde me llamas? -preguntó. -Sigo en la cárcel, pero me temo que muy pronto estaré fuera. -Hacia meses que no sabia de tí. -Lo sé, el proceso ha sido dificil, pero la semana que viene tenemos el juicio que me dará la razón. Sabes que soy inocente, no estuve implicado en lo de la muerte de tu hermana. ¿Lo sabes verdad? No volvió a contestarme. -Ya verás como todo irá bien. -continué- Dentro de nada volverá todo a la normalidad. -No deberias haberme llamado. -Todo será igual, nena. -Tengo que colgarte. -Me quedan dos minutos aún. ¿Cómo están los niños? -Bien. -Deben echarme de menos ¿no? -Lo siento, pero voy a colgarte, no llames más por favor. -Soy inocente -dije- Cuando quise volver a hablar ya me habia colgado. Colgué el teléfono con rabia y lo observé unos segundos. El policia se levantó y vino hacia mi. -Ya ha terminado. Vámonos. -No he terminado aún -dije mientras cogia de nuevo el teléfono. -Ya lo creo. Sólo una llamada y lo sabe. -dijo mientras apartaba mi mano y colgaba él mismo el aparato. -Me ha colgado, no le he dicho todo lo que iba a decirle. -Tendrá que ser en otra ocasión. ¡Levántese! -dijo mientras ponia una mano en mi brazo. -¡Deje de tocarme! -dije al instante que me levantaba. Cogí el bloc de notas de la mesa y el boligrafo. -Me lo llevo. -dije. El policia me miró con cara de resignación. -Haga lo que quiera. Sacó las llaves otra vez. El tintineo volvió a resonar en mi cabeza. De nuevo las esposas, de nuevo de vuelta a la celda. Cabeza abajo iba contando: Una, dos, tres... volví a contar las baldosas. Una vez dentro, recordé el teléfono rojo. ¿Dónde habia visto uno semejante a ese? Me senté en el suelo, en un rincón. Busqué un cigarrillo que habia escondido hacia dias bajo una de las patas de la cama. Lo encontré, encendí una cerilla y fumé pacientemente. Puse sobre mis rodillas el bloc de notas y escribí: “Soy inocente” Al lado dibujé un teléfono y escribí el número que habia marcado con anterioridad en aquella apartada habitación. Dejé el bloc y el bolígrafo en el suelo. Me levanté, andé dos pasos, conté tres baldosas, a la tercera me agaché y levanté la baldosa, abriendo asi mi escondite. Saqué una navaja pequeña y en una milésima de segundo me hice un corte. Cerré despacio y anduve de nuevo hasta el cuaderno, lo cogí y pasé mi dedo sangrante sobre el dibujo del teléfono. -Ahora si es un teléfono rojo -dije ladeando la sonrisa.
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